miércoles, 18 de octubre de 2006
SPrako Tranbía, 2001
Editorial: Punto de Lectura
Traducción: Unai Elorriaga López de Letona
192 páginas
6,50 €


Un tranvía en SP, de Unai Elorriaga


Argumento:

Lucas, enfermo de alzheimer, regresa a casa del hospital junto a su hermana María. Al entrar se encuentran a Marcos, un okupa, tocando la guitarra y deciden quedárselo. Comienzan a vivir en familia, a desgranar fantasías y recuerdos, conocen a Roma...

Comentario:

Esta es una historia de personajes, de seres normales a quienes no les ocurren cosas extraordinarias, un relato de la cotidianeidad que ahonda también en temas como la enfermedad o la huída de la monotonía y la realidad por medio de la creatividad.

El autor recurre a frases breves e imágenes contundentes para mostrar a sus protagonistas. El primer capítulo, con Lucas en el hospital, en que no se nombra la enfermedad que padece, está relatado en un tono casi surrealista que muestra del mundo en que vive el anciano, mezcla de realidad y recuerdos, tratado con un humor a la vez irónico y tierno que quita dramatismo a la situación.

Uno de los aciertos de esta forma de narrar está en la forma en que de pronto se interrumpe una frase con un punto y seguido sin que el personaje haya acabado de expresarse, una forma de mostrar las distracciones, el olvido en que comienza a caer Lucas.

Este estilo casi visual, en que lo cotidiano se eleva a poético, brilla en escenas tan normales como subir hasta el tercer piso sin ascensor donde viven María y Lucas. El relato del ascenso piso a piso, con el minutado que tardan en llegar a cada rellano, utilizando términos propios de la escalada como establecer campamentos o atacar la cumbre en referencia a la pasión que siente el protagonista por este deporte, tratado a su vez con humor y ternura, muestran mucho de la enorme complicidad entre los hermanos, de lo adaptados que están a la convivencia en común y el cariño con que María cuida de su hermano enfermo.

Otro pasaje muy logrado es aquel en que María y Lucas, en ausencia de los jóvenes, están viendo la televisión y ella distingue unas sombras tras el cristal de la puerta, desencadenando una reflexión terrible y enternecedora en su conclusión.

O las conversaciones de Lucas con Don Rodrigo, la polilla, o polillas, que tiene en casa, que se va a la luz del dormitorio de María cuando se enfada con él.

Lucas y María son los principales protagonistas, los mejor retratados, en ese candor que, cuando abren la puerta y se encuentran a Marcos cantando y tocando la guitarra, le acepten con naturalidad como uno más de la familia, adoptándolo.

Insertados entre el relato de la monotonía de cuidar a un enfermo, de jugar a adivinar los puntos que van a dar a los deportistas en la olimpiada televisada o a lectura de revistas sobre los ochomiles (montañas de ocho mil metros de altura, más o menos), el autor incluye capítulos en primera persona en que los personajes escriben sobre sí mismos, mezclando fantasía y realidad, quizá un intento de seguir soñando por parte de los protagonistas

Así Lucas, como terapia para retrasar el olvido, comienza a relatar los recuerdos de un amigo que conducía un tranvía, los de Rosa, su esposa fallecida, mezclando realidad y fantasía, pasado y presente.

Al tiempo, María escribe un relato aparentemente poco relacionado con la realidad que viven, en que resaltan los pasajes en que su protagonista decide irse de casa y vivir en trenes (trenes, tranvías, viajar, huir, imaginar...), bajando en las estaciones a comprar cosas pero sin salir nunca de ellas.

Mientras, Marcos es uno más de la familia, que se dedica a cantar en la calle o en estaciones hasta que conoce a Roma (al revés Amor), una ginecóloga que se dedica a pintar cuadros mediante los cuales comienza a relacionarse con él.

Quizá estos personajes jóvenes están menos definidos que los mayores, sobre todo el de Roma, que no tiene mucho peso específico en la historia, excepto el de ayudar a cuidar de los ancianos y acercar a Marcos a una realidad en que él decide establecerse en un trabajo monótono y aburrido, dedicado a transcribir textos de otros.

Además de la desigualdad en el reparto del protagonismo, con unos caracteres menos trabajados que otros, el tono elegido por el autor para contar la historia resulta fallido cuando los personajes adquieren voz propia. En estos pasajes que cada cual da paso a su personalidad, se mantiene el mismo tono del resto de la novela, el autor mantiene el control sin dejarles expresarse como entidades diferentes.

Hay también una impresión de control por parte del autor, a veces desapego, o tópicos como el de Rosario, la vecina cascarrabias cuya amargura y negatividad de manual se utiliza como contrapunto con el optimismo casi desesperado de los protagonistas.

Aún así, la variedad de temas y situaciones que se tratan, como el deterioro que produce la enfermedad, la fragilidad de la memoria, la creatividad como antídoto a la monotonía, el respeto a los mayores, la comunicación entre generaciones, el valor de los recuerdos y de la imaginación, consiguen que la historia mantenga el interés pese a la escasa originalidad temática y la idealización de caracteres y situaciones, encontrando su punto fuerte en la mencionada técnica de frases contundentes, breves y significativas tan expresivas que hacen visualizar emociones más allá de las palabras utilizadas.

"Un tranvía en SP" (iniciales de Shisha Pangma, la montaña cuyo nombre fascina a Lucas y es uno de los temas/imágenes/símbolos recurrentes de la novela) obtuvo el Premio Nacional de Narrativa 2002.


Enlaces


Entrevista con Unai Elorriaga

Otra entrevista con Elorriaga


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Reseñado por Thersuva @ 0:00  | Novela contemporánea
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